Por Jorge Peré

El año 2018 marca el comienzo de un viaje definitivo para la artista Gabriela Pez (La Habana, 1994). La génesis de un redescubrimiento íntimo que la ha mantenido tan cerca del arte como de sí misma. Desde entonces, asistimos a uno de los procesos más coherentes y sui generis de los que pueda hablarse al particularizar en la generación emergente de artistas cubanos que ha visto la luz durante el último quinquenio. Uno que se ha refugiado en la intuición más que en el oficio, en la investigación más que en la certeza, en las esencias de los géneros que frecuenta más que en la tradición y las tendencias que marcan pautas. Un viaje que se ofrece como introspección en una dialéctica de la identidad.

Entre un dibujo casi naif y una pintura mestiza y experimental ha oscilado la práctica estética de esta artista sin caer en edulcoraciones o manierismos. Su diálogo con el medio se vuelve legítimo en la medida en que se aleja de los sitios comunes que rodean los tópicos que mueven su interés: la contemplación de la naturaleza; las identidades de género; la cosmogonía y religiosidad afrocubanas; y la comprensión sociocultural de la etnia negra a través de la Historia de la Isla.
Precisamente, en torno a este último se articuló el discurso de Retrato en el jardín soleado (Galería Taller Gorría; La Habana, enero 2025), muestra que tuve la oportunidad de comisariar, y la exhibición sucedánea Mémoires d’un retour à Paris (Loukoums & Art Contemporain- Collection Jean Michel-Attal; Paris, marzo-abril 2025). Ambas, con ligeras diferencias, reunieron un conjunto de pinturas que esbozan, desde un lirismo inusitado para la iconografía insular, diversos imaginarios comúnmente desligados de la negritud. A las narrativas decoloniales que sitúan el cimarronaje como la epítome de la expresión negra en el Caribe y América Latina, la artista le añade ciertos delicados matices donde la belleza, el sosiego y la purificación, reemplazan a la común atmósfera de sobrevida, escape, sangre y dolor que enmarca, no sin cierto maniqueísmo, la vida de las comunidades negras que han sufrido diversos avatares históricos.

Esto nos lleva a recolocar la figura negra dentro del paisaje simbólico, anecdótico e intelectual, que comúnmente se le asigna. Puesto que, si bien el monte prosigue siendo el refugio seguro, este ya no se restringe a una experiencia indómita, agreste y salvaje. El Monte (1954), ese altar sagrado que evoca magistralmente en su escritura Lydia Cabrera, ciertamente existe, educa y modera el discurso visual de estas piezas. La artista lo redime con devoción, lo cita de manera explícita en “Lectura un día de verano” (2024) -una de las pinturas centrales dentro de la ya citada muestra-, abraza la sabia de su doctrina.
Sin embargo, en su mirada deriva hacia otras zonas, menos acusadas: el romance, la escena galante, la fruición contemplativa, un sentimentalismo humano que solo podría compararse artísticamente a la sublimación que hace Carpentier de la vida negra en su temprana y memorable novela Ecué-Yamba O (1933). Y he aquí que se nos revela una perfecta analogía: al igual que en aquella novela, el argumento narrativo del ensayo que propone en sus obras más recientes podría estructurarse desde al menos tres conceptos esenciales: la vida, la belleza y la propia subjetividad que dimana de la raza negra.

Podría decirse que la artista se apega cada vez más al retrato y no estaríamos traicionando su intención emocional. Si un género pictórico ha perfilado la obra de Gabriela Pez hasta el día de hoy, no cabe duda, es el retrato. Su inagotable curiosidad intelectual, el rigor de los detalles en el acto contemplativo y la aprehensión de lo fugaz y transitorio, han sido claves en la pintura de esta artista. Por tanto, ningún otro género ha servido mejor a sus propósitos, a los que ahora se suman la voluntad anecdótica, el deseo de contar historias olvidadas o sometidas a la tergiversación y la estereotipación. Las figuras (no estoy cómodo llamándolas “personajes”) que representa tienen su propia historia, sus propios deseos, sus propios dioses, y nada que ver con la inferioridad o el victimismo. Porque Gabriela reivindica la negritud valiéndose de una poesía que, sin omitir el dolor, tampoco lo pone al centro del discurso.
Para el espectador podrían resultar bizarras -e incluso caprichosas- algunas de las mejores escenas fabuladas por ella en los últimos tiempos. Y, en efecto, lo son. Pero nunca pretendiendo la iconoclasia vacía, el escándalo o un tono licencioso amparado en las bondades de la ficción. En todo caso, la artista (re)imagina los textos e imágenes que tiene en su acerbo y procura estas situaciones que confrontan nuestra expectativa, todo lo que damos por sentado a propósito del relato étnico que nos ocupa. De ahí que encontremos una prolija representación de rasgos y actitudes -desde lo sensual y lo frívolo hasta la calidez fraternal-, que ponderan la existencia de una ética que desmantela cualquier prejuicio y actualiza los imaginarios que configuran el universo negro.

Afincada en un medio donde los estilos parecen fatigados, Gabriela Pez ha encontrado una manera inimitable de narrar valiéndose de la pintura. Su proceso demuestra que el talento y la intuición -cualidades indispensables en quienes pretendan dedicar su vida al arte- no se adquieren en la academia, sino que florecen de modo innato. Cada momento en su obra nos conduce a la reflexión; ora en torno de los materiales que utiliza, ora por la forma en que manifiesta los contenidos. Y esta no es, precisamente, una cualidad generacional. Entender lo excepcional que es un cuerpo de trabajo como el de esta artista, dentro de un contexto que padece, como nunca antes, el vacío de estéticas renovadas, se impone entre la crítica especializada, el público y demás actores que licitan la entronización de los creadores cubanos emergentes.
Sobre el autor:
Jorge Peré (La Habana, 1991). Crítico de arte, curador y editor independiente. Licenciado en Historia del arte por la Facultad de Artes y Letras de la Universidad de La Habana. Mención del Premio Nacional de Crítica de Artes Plásticas Guy Pérez Cisneros 2022. Curador adjunto en Galería Taller Gorría, Galería La Nave y Galería El Apartamento. Editor Jefe del proyector editorial El Oficio. Revista Cubana de Artes Visuales.
Fundador y curador del proyecto Puzzle. Repasos al arte joven. Ciclo de exposiciones-talleres colectivas, desde 2019. Textos críticos de su autoría aparecen en diversas publicaciones culturales dentro y fuera de Cuba como Artecubano, Noticias de Artecubano, Hazlink, La Gaceta de Cuba, Artcronica, Art OnCuba, Hypermedia Magazine, Rialta Magazine y El Oficio; así como en diversos catálogos de exposiciones y monográficos de artistas. Una selecta muestra de su producción crítica quedó recogida en la antología Lenguaje sucio. Narraciones críticas sobre Arte Cubano (2019).


