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El peligro de ser un clásico

Por: Jorge Peré

Ser un clásico es peligroso. Más peligroso, digamos, que ser un outsider.  

Lo clásico implica consenso absoluto, y ya sabemos la suspicacia que despierta la aceptación unánime. Lo clásico es la más sofisticada representación del conservadurismo. Un limbo entre el radicalismo de las vanguardias sociales y estéticas y el gremio que sostiene las narrativas arquetípicas del medio cultural. 

Quedémonos con esta inmediata definición -perfectible en más de una forma-, para acercarnos al hecho artístico recientemente pergeñado por Roberto Fabelo en el Museo Nacional de Bellas Artes (La Habana).  

Médula (MNBA, noviembre 2025) reúne un conjunto de trabajos en pintura, escultura, dibujo e instalación, realizados por el artista durante los últimos tiempos. No tengo claro si Fabelo produjo esas piezas teniendo al museo como horizonte (al menos no el nuestro, puesto que sí fueron mostradas con anterioridad en otras instituciones de España). En cualquier caso, me atrevo a conjeturar que algunas definitivamente sí, y otras, quizá, no tan definitivamente. Sin embargo, ahí están conviviendo; danzando entre los salones y pasillos del sagrado templo, y no lucen en absoluto ceremoniosas, arrogantes o distantes en su diálogo con cada espectador. Algo, un sentimiento de humildad recorre esta muestra de punta a cabo, y esa, precisamente, es su más sólida virtud. Un gesto que no pretende sobrar, que se erige en su lealtad a una poética humanista que no sabe de tiempos y modas.  

Esto último valida la peligrosa etiqueta de clásico que se le endilga al artista. Pero digámoslo de una vez: Fabelo es un clásico que no apuesta por clasicismos. Y si no, preguntémonos: ¿Hay en esta actual exhibición algún vestigio de obsolescencia, desfasaje o pobreza de sentido?  

El artista se torna fiel a la expectativa visual trayendo consigo varias piezas ya exhibidas en otros espacios. La fuerza del gesto, en cambio, estriba en la hábil negociación acometida por el equipo de curadores -encabezado por Jorge Fernández y Laura Arañó- y el propio Fabelo, siempre asertivo y dispuesto al diálogo. En resultas, nos queda esta memorable intervención en un museo que a ratos parece quedarle demasiado grande a muchos nombres (pienso ahora en la fallida aparición del tan ponderado Enrique Martínez Celaya).  

No pude avistar en persona aquella antológica reunión entre Goya y Fabelo en el Centro Conde Duque (Madrid, 2023). Sin embargo, he podido experimentar algunas obras allí citadas en la muestra que ahora nos ocupa, y no han perdido su majestuosidad pese a que ya no disponen del efecto sorpresivo. En cualquier caso, han renovado su diálogo de Madrid hasta aquí; porque llevan implícita esa condición universal que le permite a ciertas obras ser atemporales, desbordar contextos, desdoblarse en discurso y visualidad. Desde esta condición imaginaria nos habla hoy en día toda la impronta de Fabelo; la cual es ya un hecho irrefutable como una catedral, y nos guste o no, se trata de uno de los artistas más influyentes e imprescindibles dentro del panteón del arte cubano de todos los tiempos.

Mención aparte merece la instalación homónima “Médula” (2025), la cual suscitó un espectro de emociones entre el asombro y la reverencia a su peculiar estética. Una acumulación de huesos de animales, suerte de osario intervenido con óleo y plumilla, se suspende del techo al centro de una sala cuyas paredes fueron silenciadas con pintura negra. La imagen parece distópica, avocada al luto. Sin embargo, el emplazamiento efectista de la pieza matiza la dureza, el dolor y la austeridad de semejante escatología.  

Fabelo ha usado huesos previamente en sus obras; también ha agigantado la imagen de un deplorable insecto para replicarlo impúdicamente sobre cualquier fachada; sin embargo, jamás ha obrado desde el capricho, el sinsentido y la extravagancia ad libitum. Incluso en sus lances menos predecibles le asiste un principio de equilibrio y belleza; una notable capacidad sensible que le permite aterrizar en cada obra un conflicto, un axioma, una pregunta, un aforismo, un proverbio, un símbolo, una alegoría, un camino, una verdad enfática, valores clásicos y virtudes marginales. 

Entonces, cuando usted vuelva a enfrentarse a un dibujo, una pintura o una escultura de Roberto Fabelo, en lugar de advertirlo llanamente como un clásico, como una “vaca sagrada”, escrute mejor en las intenciones y los recursos estéticos que aquel maneja, pues puede que haya más riesgos de los que no atreveríamos a admitir en un artista arropado por semejante estatus consagratorio.    

Fotografías: Vistas de la exposición personal de Roberto Fabelo, titulada Médula, en el Museo Nacional de Bellas Artes de Cuba. Cortesía del artista.


Sobre el autor:

Jorge Peré
Crítico de arte, curador y editor independiente.

Jorge Peré (La Habana, 1991). Licenciado en Historia del arte por la Facultad de Artes y Letras de la Universidad de La Habana. Mención del Premio Nacional de Crítica de Artes Plásticas Guy Pérez Cisneros 2022. Curador adjunto en Galería Taller Gorría, Galería La Nave y Galería El Apartamento. Editor Jefe del proyector editorial El Oficio. Revista Cubana de Artes Visuales. 

Fundador y curador del proyecto Puzzle. Repasos al arte joven. Ciclo de exposiciones-talleres colectivas, desde 2019. Textos críticos de su autoría aparecen en diversas publicaciones culturales dentro y fuera de Cuba como Artecubano, Noticias de Artecubano, Hazlink, La Gaceta de Cuba, Artcronica, Art OnCuba, Hypermedia Magazine, Rialta Magazine y El Oficio; así como en diversos catálogos de exposiciones y monográficos de artistas. Una selecta muestra de su producción crítica quedó recogida en la antología Lenguaje sucio. Narraciones críticas sobre Arte Cubano (2019).


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