Por Jorge Peré

“Divertida, atrevida y hermosa en su exuberancia (…) pero la siento un tanto dispersa, inconexa en su transición de una pieza a otra.”
Andrés Isaac
(…)
“Cañer tiene un gusto excelso; una intuición estética como no abunda hoy día. Y esta exhibición lo demuestra sobradamente. Quizá sea el artista con mejor gusto de esta generación. Todas las obras son exquisitas en cuanto a producción. Y siento que él procura eso: seducir e impactar desde lo visual, sin dejar de lado los contenidos.”
Ángel Pérez
La cita ágrafa es uno de los anticristos académicos. Pero en realidad toda la academia se construye sobre ese conocimiento anecdótico; en torno del rumor, el apócrifo y la sociolingüística.
Abrí citando dos conversaciones apuradas por el ruido, la gentil interferencia de quienes se acercaban a saludar, el ambiente vaporoso e histriónico que signaba el momento y la carencia de un trago que destrabase la lengua y el apetito intelectual. Una de esas conversaciones que siempre se tienen y que no acaban nunca. Porque tratan, en principio, de las obsesiones y desvelos que nos acosan a diario sin que podamos (o atinemos) a solventarlas de una vez.
Salon de Belleza es la segunda exhibición personal del artista cubano Alejandro Cañer (Cienfuegos, 2001). Así la tituló, emulando quizá la célebre novela de Mario Bellatin (Ciudad de México, 1960). Y escribo “quizá” para no comenzar a construir altares epistémicos tan temprano (aunque el instinto me dicta que sí, que no hay casualidad en ese paratexto). Pero ya que se ofrece como posibilidad, como intertexto favorable, como sutil reescritura y cálida apropiación, me dejaré estar en esa coordenada semiótica. Les dejo el location:
“Salón de Belleza”. Mario Bellatin. Alfaguara, 2017. Primera Edición 1994.
Cañer ha venido construyendo una poética, una narrativa que, hasta su aparición y la de otras voces coetáneas, existía agazapada, preterida, temerosa, escarnecida y ninguneada, por el dictado falocéntrico y el sexismo socio-antropológico que modulaba el tono, los matices y las representaciones sociales de las identidades disidentes del binarismo y la heterocracia.

Interlude:
Volver sobre Roland Barthes, Herbert Marcuse y Paul Preciado, antes de encarar la escritura de este texto ha sentado pauta en el estilo con que lo voy tejiendo. Uno siempre es lo que ha leído, así se trate de comerciales de televisión o escrituras legales de propiedad. El lenguaje al uso construye la imaginería individual.
Repasemos la forma en que la voz y los propósitos de este artista han venido haciéndose visibles y adquiriendo cuerpo ante nuestra mirada. Cañer inicia su relación con la imagen en el diseño gráfico, y de ahí emigra a la producción escenográfica dentro del teatro. Esto le aporta valiosas experiencias para tratar con enviroments y construir escenarios emotivos que funcionan desde la sinergia entre lo físico -objetos y espacios- y lo simbólico -la narración cultural que estos establecen.
“Lo que más me impresiona es su contención; la manera contenida con que trabaja y expresa cada concepto. Ese espacio es grande y Cañer consigue llenarlo con lo exacto: obras en su mayoría pequeñas, perfectamente colocadas, en diálogo con el espacio y la narración misma de la exhibición. Me encanta. Nada sobra y nada falta.”
Sergio Benvenuto

El artista alcanzó tempranamente lo que a muchos les cuesta, a veces, demasiado tiempo: la habilidad de poner a dialogar el espacio con los medios. Pero antes tuvo que explorar en la iconografía y los conceptos comúnmente trabajados dentro de las artes visuales contemporáneas. Haciendo esto encuentra propicio instalarse en esa zona razonable en la que puede deslindarse el diseño de la producción estético-artística. Entonces, echa mano a toda la imaginería política e ideológica sobre la que descansa el proceso revolucionario y el modelo social que este intenta, para discutir, dinamitar y carnavalizar sus valores y los metarrelatos que aquel esculpe entre la praxis y la teoría.
Sus carteles, que son como ready made visuales, proponen un espacio ficcional gozoso, estridente, opuesto a esa rigidez política que advierte en la imaginación y el deseo a sus peores enemigos. Me interesa conectar a Cañer -al menos en sensibilidad porque en términos visuales marchan por caminos distintos- con Jorge Rodríguez Diez (R10), quien me parece un nombre imprescindible en la comprensión y estetización de un medio retórico como el cartel. Sin embargo, donde R10 asume la metodología de un conceptualista, Cañer prosigue siendo un expresionista, demasiado atenido a la fuerza del color y la figuración humana.
Entonces, su obra moviliza la realidad desde una tropología imaginista; partiendo del background visual que modula el ethos, la postura política, las identidades y otras escatologías prefiguradas desde el poder. Y todo para razonar, al lado de Heidegger, que “el significado es un valor histórico”[1].
Cañer es un obseso de la iconocracia soviética-insular. Rebusca en ella con tal de concebir redefiniciones, (des)contextualizaciones, intertextos que hacen derivar los tópicos “más serios” en escenarios frívolos, ambiguos y heterodoxos. Entre lo rococó y lo queer (¿acaso lo segundo no es una evolución de lo primero?) parece acotarse la sensibilidad de este artista. Suerte de estilo que remarca la futilidad y los excesos del vintage, el kistch político y los ideales puristas de una vanguardia que se agota en la idea misma.
[1] Ser y Tiempo. Martin Heidegger. 1927.

El Salón… de Bellatin es una ficción compleja, con varias capas de lectura. Pero básicamente se trata de una oposición entre la belleza (el entusiasmo de la vida) y la enfermedad (la oscuridad de la muerte). Alejandro Cañer concibe un Salón… que igualmente implica esas lecturas, pero, y en ganancia del ensayo visual que construye, trae a sus predios el júbilo de una intensa puesta en escena que es performance, accionismo y denuncia encubierta en baladas y boleros nacionales. De eso se trata Tarima (2025).
La obra antedicha nos da la bienvenida al show; y podría leerse al menos de dos maneras: desde el vacío que acota ese podio rojo rodeado en su perímetro de bombillas conectadas en serie; y en torno a la memorable e hipnótica aparición, sobre ese podio, de una drag queen que interpreta melodías sobradas de temperamento.
De inmediato saltan en mi cabeza posibles y evidentes conexiones: en días anteriores (19 de junio) quedó inaugurada la 55a edición de la feria Art Basel/Basel y el mito de Félix González-Torres (Camagüey 1957- Miami 1996) se redimía en la sección Unlimited, donde pudo volver a admirarse su conocida performance Untitled (Go-Go Dancing Platform) (1991).
El podio de Félix -el cual obviamente inspira y argumenta el sentido de la pieza exhibida por Cañer- es de un blanco pulcro, perfecto, y esa parece ser la primera diferencia notable al compararlo con su actual remake insular. Cuando aparece sobre aquella plataforma -la de Félix- el esperado performer, se trata de un joven que apenas lleva por ropa un calzoncillo plateado bastante ceñido, medias y tenis blancos. Además, trae en su mano un dispositivo que se conecta a sus oídos por medio de unos auriculares. Presumimos que escucha alguna música, pero no lo sabemos con claridad. Esta performance, como todas las grandes obras de González-Torres, se inclina a urdir un gran enigma, un diálogo desde y para la intimidad. He aquí otro fuerte contraste: puesto que la obra de Cañer exterioriza su discurso, lo desnuda, pretende contagiarlo. Pero recordemos que Félix es uno de los grandes artífices del postconceptualismo y Alejandro Cañer apenas otro expresionista.
El gesto intertextual es inteligente, respetuoso y acaba siendo, a mi juicio, una feliz relectura de un artista complejo e irrepetible (sobre todo si de guiños y homenajes se trata).
De ahí nos vamos a un periplo visual que no vacila en cuanto a abrirse paso entre varios soportes y lenguajes: desde la verdad que cristaliza en la iconoclasia de esas portadas de revistas; pasando por la casi inadvertida (de tan sobria) presencia de la frase que articula Escrito en letras doradas (2025) y la sutil belleza de Efecto Mariposa (2025); hasta el riesgo de un artificio pop como Fiestas populares (2025) o el carácter lúdico, pretendidamente naif, de Fashion emergency (2025). Como para confirmar que toda esta muestra intenta refugiarse en el aura de Félix González-Torres, el artista lo evoca en un gesto escultórico que recuerda a la icónica y tantas veces versionada Portrait of Ross in L.A.

La escultura de Cañer no parece suya. Y digo esto porque desborda el molde estructural y estético con el cual él modela sus piezas. Consiste en un botellón de cristal traslúcido que en su interior alberga cientos de coloridas y pequeñas perlas de agua. La imagen es fría, aséptica, y en cambio, no deja de ser conmovedora. Apenas se apropia de la huella visual legada por su antecedente, para transformar su sentido y revelar una lectura otra. Es el cristal apresándose a sí mismo. La fragilidad acumulando fragmentos de sí. La ficción de un espacio donde se vive constreñido, en tanto ornato y fetiche visual, y aún así no queda marginada la posibilidad de transformación. Como los peces en esa escrupulosa pecera que es testigo y protagonista del paso del tiempo en un salón donde se hacinan tantos cuerpos enfermos hasta la hora de su muerte.
Pero, y he aquí una tremenda paradoja: la pecera de Bellatin se encamina al deterioro, la putrefacción y el vacío; las pilas de caramelos de Félix están igualmente pensadas sobre la hipótesis de la soledad, como imagen concreta del vaciamiento progresivo; este ready made de Cañer, en cambio, versa sobre un crecimiento inerte, estéril, y una permanencia enigmática que puede llegar a ser incluso peligrosa.
“Las perlas de agua no son juguetes y representan un peligro de asfixia.” Semejante aviso reza en los prospectos más comunes.
Este joven artista ha dado un salto en lo estético que presumo definitivo. Su obra ya no será más esa colorida puesta en escena cuyas innegables virtudes son tan legítimas como la necesidad de no quedarse a vivir demasiado tiempo en ellas. Si acaso era este el destino poético que Cañer avizoraba desde tiempo atrás, me alegra saber que va sucediendo. Y si en cambio ha llegado hasta aquí dejándose ir por los senderos de la intuición, pues se explica tanto más lo que sospecho desde que le vi por primera vez: él y su obra están condenados a la trascendencia.
Junio 2025, La Habana
Sobre el autor:
Jorge Peré (La Habana, 1991). Crítico de arte, curador y editor independiente. Licenciado en Historia del arte por la Facultad de Artes y Letras de la Universidad de La Habana. Mención del Premio Nacional de Crítica de Artes Plásticas Guy Pérez Cisneros 2022. Curador adjunto en Galería Taller Gorría, Galería La Nave y Galería El Apartamento. Editor Jefe del proyector editorial El Oficio. Revista Cubana de Artes Visuales.
Fundador y curador del proyecto Puzzle. Repasos al arte joven. Ciclo de exposiciones-talleres colectivas, desde 2019. Textos críticos de su autoría aparecen en diversas publicaciones culturales dentro y fuera de Cuba como Artecubano, Noticias de Artecubano, Hazlink, La Gaceta de Cuba, Artcronica, Art OnCuba, Hypermedia Magazine, Rialta Magazine y El Oficio; así como en diversos catálogos de exposiciones y monográficos de artistas. Una selecta muestra de su producción crítica quedó recogida en la antología Lenguaje sucio. Narraciones críticas sobre Arte Cubano (2019).
Infraestudio:
Dirección: Calle 17 no. 7 /N y O, Vedado, La Habana.


